Picos de Europa
Las últimas vacaciones las pasamos en Asturias, yendo de camping en camping, con la furgoneta, que como cada año estaba llena a rebosar.
Estuve de viaje con mi familia (mis padres, Anna y Àngel; mi hermana Irene y mi hermano Elies) y una amiga con su hija. Todos somos de href="http://www.servas.es/">Servas (una asociación en la que puedes buscar familias de todo el mundo y ir a su casa o hacer intercambios de casas). A Jud y Ella las habíamos conocido el año anterior cuando fuimos a Inglaterra y estuvimos en su casa.
La parte que yo quiero explicar -y la que me gustó más- es la de la mitad de las vacaciones, cuando después de dos semanas de camping cerca de la playa, en Llanes, hicimos una excursión de dos días a Los Picos de Europa.
Un día por la mañana recogimos la tienda y al mediodía nos montamos todos en la furgoneta. En un par de horas fuimos des de Llanes hasta el Santuario de Covadonga. Desde ahí tomamos la carretera de los lagos, que está prohibida a los vehículos privados, pero a nosotros nos dejaron pasar porqué teníamos una reserva en el refugio de montaña de Vegarredonda. La carretera es muy tortuosa, con curvas cerradas y mucha pendiente. Aunque era agosto, lloviznaba y hacia un poco de frío.
Al llegar al primer lago nos desviamos hacia una pista de montaña durante cuatro kilómetros. Dejamos el coche en un prado lleno de vacas, una especie de aparcamiento.
Eran las las seis de la tarde, y si llegábamos al refugio después de las ocho no tendríamos cena y perderíamos la reserva.
Para ganar tiempo, primero salieron las dos niñas con Jud, mientras los otros acabamos de preparar las mochilas. Una vez estuvimos listos, nos pusimos a caminar; al principio del camino era todo bosque, pero después éste se desvaneció para convertirse en roca y hierba; y a medida que íbamos subiendo, además de la lluvia nos invadía la niebla cada vez más. Eso nos resultó un grave problema al llegar a un extenso prado, ya que perdimos el camino, y encima nos iban apareciendo vacas en el paso. Después de reencontrar el camino atrapamos a Jud y a las niñas, así que subimos todos juntos.
Al cabo de un rato, dejó de llover y la niebla se desvaneció. ¡Entonces nos dimos cuenta de que estábamos por encima de las nubes! Por primera vez en todo el día vimos el sol, y desde ahí también se veía el refugio.
Enseguida llegamos a Vegarredonda. Eran las ocho menos diez, y como todo el mundo ya había cenado nos sirvieron a nosotros solos en el comedor. Éste estaba adornado con material antiguo de escalada, esquí y alpinismo, que junto con fotos, cubrían las paredes. Parecía más un restaurante coqueto que un austero comedor en medio de la montaña.
Para cenar había un potaje muy bueno, libritos de lomo, una ensalada y yogures.
Los dueños del refugio eran muy amables y hablando con ellos nos dijeron que la comida, la subían ellos a pie en invierno y con caballos en verano.
Después de cenar dejamos las mochilas en una habitación con literas y después salimos fuera a contemplar la puesta de sol. Las nubes parecían un mar y el sol las teñía de tonos naranjas y rojizos. Era tan bonito que toda la gente del refugio estaba allí, mirando y haciendo fotos.
Jud y Ella estaban alucinadas porque no habían estado nunca en alta montaña ni en un refugio, ya que en Inglaterra no hay picos muy altos y encontrar una especie de hotel en medio de las alturas les sorprendió mucho... La verdad es que yo y mis hermanos tampoco habíamos estado nunca en un refugio y también estábamos encantados.
Al día siguiente, desayunamos tranquilamente y salimos sobre las nueve que, por cierto ya no quedaba nadie en el refugio y el día era espléndido, con sol y sin nubes amenazadoras.
Durante la subida, que era bastante rocosa, nos íbamos encontrando gente que ya descendía de algún pico. Cansados del día anterior, y con las niñas pequeñas que iban a su ritmo, avanzábamos lentamente. A pie de nuestro objetivo, el Mirador de Ordiales, había una empinada cuesta, como un prado pero en pendiente. Subiendo a nuestro paso y con vacas merodeando por ahí nos encontramos un refugio de pastor, que es una caseta pequeñita con literas de hormigón, unas sillas con su respectiva mesa y una pequeño fuego de tierra.
A partir de la caseta el suelo estaba lleno de agujeros muy grandes, y vigilando de no caer en ellos llegamos al final, donde solo habían rocas; el Mirador de Ordiales.
Estaba situado justo debajo del pico, y tenia como un muro natural de piedras, por la altura de la cintura; al otro lado del muro hay una pared prácticamente vertical de más de trescientos metros. Desde ahí teníamos una vista perfecta del Valle de Amieva. Vimos también águilas y buitres.
Después de tomar algo y recuperar fuerzas, empezamos el descenso. Bajamos por donde habíamos subido y nos resultó mucho más fácil. El tiempo seguía igual; casi sin nubes y dejando a la vista el maravilloso paisaje de los Picos de Europa.
Después de comer en el refugio y jugar un poco por las piedras seguimos con nuestro descenso.
Al llegar a la parte en la que, el día anterior lloviznaba y había niebla, nos sorprendimos mucho (o al menos es lo que me pasó a mí) porque no parecía el mismo lugar, sin niebla ni lluvia ni tampoco prisas. Era muy bonito y entonces sí que parecía un día de verano, con las flores de vivos colores y mariposas, abejas y otros muchos bichos yendo de planta en planta. También me sorprendí cuando pasamos por el prado donde nos habíamos perdido el día antes, ya que ahora parecía imposible perder el sendero que iba bajando.
Al llegar al bosque, hicimos un “sprint” y llegamos al coche, y por cierto, nos dimos un respiro al ver que ninguna vaca se había rascado con él, ya que era bastante frecuente.
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Hola soy el Joel Calvete García de la clase de 1º A me passaba por aqui y me ha parecido muy buena idea esto de los picos de Europa, yo tambien fui de pequeño pero no me acuerdo. Bueno que me gustaria mucho que me comentes en mi blog.
ResponElimina¡¡Gracias!!